jueves, 16 de mayo de 2013

De la exaltación del olvido


Postfacio a Novelas de amor y de muerte, de Vicente Blasco Ibáñez,
por Domingo Rodríguez Romero
(fragmento)








Si cien años no es nada, ochenta deberían tener remedio. Y esos son exactamente los que lleva la obra de Blasco Ibáñez subida en la montaña rusa de las simpatías y antipatías lectoras, críticas y editoriales. La confección del nuevo canon literario del siglo XX, sobre la base de la obra de modernistas y noventayochistas cuyo primer mandamiento de ingreso era la proclamación de la independencia del arte sobre la realidad social, arrinconó las propuestas realistas y naturalistas a partir de entonces consideradas como “garbanceras”. Del “nuestras estéticas se oponían” de Azorín al “como escritor me parece muy poco interesante” de Baroja, pasando por la triple negación a lo san Pedro de Valle-Inclán cuando recibió la noticia de su muerte, las reticencias de sus colegas “modernos” privaron a su obra de influencia sobre las nuevas generaciones. Así, el escritor más leído en vida dentro y fuera de España, y que había alcanzado una inmoderada popularidad en sus últimos años tuvo que sufrir también, tras la Guerra Civil, el linchamiento crítico y el olvido de las instituciones literarias. Pese al tibio intento de Ramón Gómez de la Serna (“le tenía lástima y admiración”), al más entusiasta de Josep Pla (“un hombre fabuloso, desorbitado”) y al francamente exagerado de Guillermo Díaz-Plaja (que lo veía como representante de una raza mediterránea que constituiría “la aristocracia de la humanidad”), el juicio predominante durante la dictadura fue la descalificación en lo personal (Gironella) o el ninguneo en lo intelectual (González Ruano, Gaziel). La crítica daltónica se empeñó en negar hasta sus más indiscutibles valores literarios, y la Academia y las Universidades lo confinaron a notas con lupa en los manuales bajo la etiqueta de epígono rezagado de un naturalismo que se batía en retirada frente al “efecto Atila” que supuso la versión hispana del Modernism. Tras el restablecimiento de la democracia, y en los ochenta, la cotización de Blasco continuó a la baja y su obra, considerada inactual, sólo figuraba en los catálogos de editoriales dedicadas al “best-seller” internacional con alguna que otra recopilación, más ideológica que literaria, de sus artículos y la adaptación televisiva de un par de sus novelas “valencianas”. Pasada esta larga travesía del desierto, la llegada del fin de siglo y su ineludible reescritura de las jerarquías establecidas allanó el camino para un nuevo análisis crítico y la posterior reubicación de su obra. La celebración del “Año Blasco Ibáñez” para conmemorar el centenario de la publicación de su novela La barraca (1898) y los setenta años de su muerte constituyó todo un homenaje de reconocimiento por parte del mundo académico y propició su reflote editorial de calidad para el público lector y universitario además de algo parecido a un consenso crítico que lo calificaba de “poderoso narrador” a horcajadas entre el Zola de Germinal y el realismo de crítica social comprometido políticamente.
Consumado el balance se puede afirmar que la figura y la obra de Blasco han transitado de uno a otro extremo todos los territorios minados del campo de batalla literario: de escritor de sonados éxitos de venta que provocaron la envidia de sus coetáneos a autor obsoleto ajeno a la tradición que otros fraguaron a sus espaldas. Conocido por todos pero por casi nadie frecuentado; leído con pasión anteayer e ignorado como “raro” hasta ayer, hoy parece que el homenot por fin rehabilitado se beneficia de la actual tendencia a exhumar lo marginado de aquellos autores cuyas obras estuvieron a la altura de sus extravagantes vidas. Vuelve, y no del siglo XIX, para quedarse.

Domingo Rodríguez Romero
DOMINGO RODRÍGUEZCursé estudios de Filología Hispánica (especialidad Literatura Española) en la Universitat de Barcelona y de Biblioteconomía, Archivística y Documentación. He incurrido en el estudio de algunos idiomas, no llegando a dominar ninguno. Maldito poeta lunar he cometido numerosos poemas que permanecen debidamente inéditos. Comparto con las sombras parentesco y durante años ejercí oscuros oficios, desde lazarillo de ciego de caseta a vigilante nocturno de aparcamiento. Zurdo en la suerte y rengo en los andares, sin lectores pero con leyenda, jamás deseé pegar el estirón de la fama. No tengo proyectos. Ni links.


Extraído de Revista Monteagudo, 3.ª Época - N.º 14. 2009 - Págs. 161-162 - reseña de EMILIO SALES DASÍ:

El mundo en su diversidad, en su rica paleta de matices cromáticos discurre por la pluma de Blasco Ibáñez. Sus Novelas de amor y de muerte son una buena muestra. Escritas en su mayoría en los últimosaños de su vida, coincidiendo con los años en los que el creador se empeña en novelizar episodios épicos del pasado, nos revelan su capacidad para convertir, casi materializar con la palabra, la anécdota real o imaginaria en un interesante reclamo para la lectura.La edición de Nortesur nos invita a ello. Reproduciendo el que fue el último libro publicado en vida por el novelista valenciano. Sólo después de que sus hipotéticos destinatarios se hayan persuadido de las posibilidades lúdicas del artefacto literario,  el texto se acompaña de tres apartados: el postfacio, un recorrido cronológico por la variopinta biografía del escritor y un acertado repertorio bibliográfico. Tres aportes para entender mejor y sin subterfugios academicistas la personalidad deBlasco Ibáñez; en un recorrido que deja a las claras que el editor ha sido el primero en maravillarse con el hechizo de la palabra escrita. Aduras penas podrá evitar cualquier lector esta sensación tras leer las intensas pinceladas con las que Domingo Rodríguez Romero profundiza, con intuición certera, en el incómodo e injusto olvido en que ha caído la producción blasquiana, ubicando el conjunto de su narrativa, y poco después sus Novelas de amor y de muerte, en un contexto artístico-literario que aparece sintetizado con sorprendente elegancia y fluidez.


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